Hace
casi seis meses que estoy libre. Todavía a veces me siento como dentro
de un sueño. Cada mañana me despierto muy temprano con el piar de los
pajaritos. En la sabana de Bogotá, donde vivo, el aire es frío.
Disfruto del paisaje de las montañas desde mi ventana, y no hay mañana
que no dé gracias a Dios por estar viva. Cada día es lo primero que
hago al abrir los ojos. Sí, agradezco a Dios la bendición que me ha
concedido de reencontrarme con mi madre, con mi hijo Emmanuel, con mi
familia y amigos, con todos los que más amo. Me siento feliz de que por
fin haya quedado atrás el secuestro, la retención forzada, el
cautiverio. . . de que todo eso sea ya sólo un recuerdo.Y,
ahora que mi vida ha recuperado la normalidad con la compañía y el
afecto de los míos, me parece increíble que hasta hace poco, cuando
estaba pudriéndome en la selva, haya podido sentirme tan olvidada y
sola.
Muchas personas me preguntan si he cambiado o si sigo siendo la Clara de antes del secuestro. Yo les digo que sí, que en parte sigo siendo la misma, sólo que con una cicatriz en el vientre y una huella bien honda en el pensamiento y en el corazón, que espero se logre borrar con el paso de los años.
A
veces me asaltan sentimientos de melancolía, pero, por fortuna tengo a
mi hijo Emmanuel a mi lado. Naturalmente, habría preferido que no me
hubiesen robado estos seis años de vida. Pero estoy viva. Viva para
contarlo. Cada cual cuenta cómo le fue en la guerra y en ésta yo soy un
soldado más. Y ésta es mi historia.
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